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El bloqueo de Ormuz dispara un 40% la factura energética vasca: 4.000 millones en seis meses

La economía vasca resiste la tormenta internacional, pero el encarecimiento de la energía importada empieza a pasar factura. La factura de las importaciones energéticas en Euskadi ha crecido un 40% hasta los 4.000 millones de euros en el primer semestre, según datos recogidos por El Correo. El bloqueo del estrecho de Ormuz se sitúa en el epicentro de esta escalada de costes, que amenaza la competitividad industrial vasca justo cuando el PIB autonómico crece con solidez.

Fotografía que ilustra la noticia: El bloqueo de Ormuz dispara un 40% la factura energética vasca: 4.000 millones en seis meses
(El Correo)

Un crecimiento que esconde una presión creciente

El segundo trimestre de 2026 ha confirmado la resistencia de la economía vasca: el PIB creció un 2,1% interanual, en línea con las previsiones del Gobierno Vasco y del servicio de estudios de Kutxabank, que ya anticipaban una moderación gradual. Sin embargo, este dato de crecimiento no refleja el deterioro de uno de los flancos más sensibles del entramado productivo: la dependencia energética exterior.

Según la información publicada por El Correo, la factura de las importaciones energéticas en Euskadi ha aumentado un 40% en el primer semestre de 2026, hasta alcanzar los 4.000 millones de euros. Este salto no es fruto de un mayor consumo, sino del encarecimiento de los precios internacionales de la energía, que se ha visto agravado por el bloqueo del estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más transitadas del mundo y canal de paso de buena parte del crudo y del gas natural licuado que llega a Europa.

Para la industria vasca, intensiva en consumo energético —sectores como la siderurgia, la automoción o la química dependen de un suministro estable y competitivo—, este aumento de costes supone una presión directa sobre los márgenes. Y llega en un momento en que la demanda interna muestra signos de agotamiento, con un consumo de los hogares que se ha convertido en el principal sostén del crecimiento, pero que empieza a resentirse por la inflación energética.

El estrecho de Ormuz, epicentro de la tormenta

El bloqueo del estrecho de Ormuz, situado entre Irán y Omán, no es un incidente menor. Por ese paso transita aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo y una parte relevante del gas natural licuado. La escalada de tensión en la región —con ataques a buques tanqueros y el cierre de facto de la vía— ha provocado un repunte de los fletes, un encarecimiento de las primas de riesgo y un aumento del precio del barril de referencia Brent.

Ese impacto se transmite directamente a la factura de las importaciones energéticas vascas. Euskadi no es productor de combustibles fósiles y depende de la importación de crudo, gas y productos refinados para abastecer tanto a la industria como a los hogares. El resultado es que cada punto de subida en el precio internacional se traduce en un mayor desembolso exterior, con su correspondiente efecto en la balanza comercial.

Aunque el Gobierno Vasco ha tratado de diversificar las fuentes de suministro, con una apuesta creciente por las renovables y por la llegada de gas a través de la planta de Bilbao (BBG), lo cierto es que el peso de los combustibles fósiles sigue siendo dominante. La anunciada aceleración de la transición energética en Euskadi, con la hoja de ruta del Pacto Verde Vasco y el despliegue de parques eólicos marinos, se ve ahora cuestionada por la urgencia de mitigar el sobrecoste inmediato.

Un desafío para la industria y la competitividad

El encarecimiento de la energía importada no solo afecta a la factura de los hogares, sino que erosiona la competitividad de la industria vasca en los mercados exportadores. Las empresas vascas, con una fuerte presencia internacional en sectores como la máquina-herramienta, la automoción o la energía, compiten con rivales de países donde el coste energético es más bajo. Un incremento sostenido de la factura energética puede traducirse en pérdida de cuota de mercado o en la necesidad de repercutir los sobrecostes en los precios finales, con el consiguiente riesgo de pérdida de demanda.

Los datos del primer semestre indican que el déficit de la balanza energética vasca está aumentando de forma acelerada. Si la tendencia se mantiene en la segunda mitad del año, la factura anual podría superar los 8.000 millones, un nivel no visto desde la crisis energética de 2022, cuando la invasión de Ucrania disparó los precios del gas en toda Europa.

El escenario, por tanto, es de doble vía: por un lado, la economía vasca muestra una resistencia notable en términos de crecimiento, apoyada en un consumo privado que todavía no ha dado signos claros de agotamiento; por otro lado, el encarecimiento de la energía importada supone un lastre estructural que condicionará las decisiones de inversión y la planificación industrial en los próximos trimestres. "La economía vasca ha resistido bien hasta ahora las turbulencias del escenario internacional", señalan los analistas consultados por El Correo, pero el desafío para una economía apoyada en el consumo es cada vez más evidente: sostener el crecimiento sin que el coste energético lo ahogue.